Esperanza y confianza. Una apuesta de futuro.

“Pandora trajo la caja llena de males y la abrió. Era el regalo de los dioses a los hombres, un hermoso regalo de aspecto fascinante, llamado “la caja de la felicidad”. Al abrirla, todos los males, que eran seres vivos con alas, salieron volando; desde entonces revolotean a nuestro alrededor y nos atormentan día y noche a los hombres. Sólo uno de los males se quedó dentro de la caja. Pandora cerró la caja por voluntad de Zeus y lo dejó dentro. Ahora el hombre posee para siempre la caja de la felicidad y piensa maravillas del tesoro que encierra; dispone de la caja y se sirve de ella cuando quiere, porque no sabe que la caja que trajo Pandora es la de los males y que piensa que el mal que guarda en el fondo es la mayor de las felicidades: se trata de la esperanza. Efectivamente, Zeus quería que, por grandes que fueran los tormentos que le causaran los otros males, el hombre no rechazara la vida y siguiera dejándose atormentar siempre. Por eso dio al hombre la esperanza que es, en realidad, el peor de los males, ya que prolonga el tormento de los hombres.”
Nietzsche, Humano, demasiado humano, 70

La esperanza y la confianza son dos actitudes, dos predisposiciones (prefiero llamarlas así a emociones o sentimientos) humanas, exclusivamente humanas. De ningún modo “demasiado” humanas, pues esto las situaría en el lista de deficiencias, casi perversiones o, en el mejor de los casos, excentricidades del pobre animal humano. En este caso el desgarramiento-desenmascaramiento niezscheano (ah, qué placer poder mostrar la estupidez humana!) no es acertado; le puede y le ciega la voluntad de ser mordaz y desgarrador con la complacencia humana, que sí, ciertamente, puede ser muy irritante.
(En algún momento, creo que merecerá la pena atender al placer de señalar la miseria humana cuando se cree tener la lucidez de la verdad).

La esperanza no es un estado positivo, como un regalo en una cajita, (ay, las metáforas, hasta a un maestro como Nietzsche le jugaban malas pasadas), o una especie de cualidad o atributo personal que se tiene, como se tiene frío o hambre. No, la esperanza es una actitud, una predisposición a la espera del futuro o a la acción para determinar ese futuro. En este sentido, tampoco hay que confundir la esperanza con el optimismo. Otro error frecuente.

Tener esperanza, por ejemplo, en relación al futuro, a lo que se espera por venir (providencia o destino) o a lo que se pretende conseguir (voluntad o trabajo), no implica que el futuro vaya a tener, como en el cine, un final feliz, es decir, no se puede tener la certeza o la seguridad de que lo que está por venir vaya ser bueno, o que acabe bien lo que se ha empezado. La esperanza implica una actitud diferente a la del optimista y a su seguridad respecto a lo que depara el futuro. La esperanza no es una predicción, al contrario, debe dejar abierta la puerta al futuro porque nadie puede saber si el futuro nos deparará un bien o un mal. El que tiene esperanza, no sabe el futuro ni lo puede saber, pero sabe, cree, que sea lo que sea lo que ha de venir, habrá valido la pena o, como mínimo, tendrá sentido. Esta es la actitud que fecunda la esperanza. [Creo que debo la inteligente diferenciación entre esperanza y optimismo a P. Berger]

Tener o no tener esperanza no implica tener más o menos inteligencia, ser más o menos sabio o prudente. La esperanza también necesita de la “sofrosine” (la sabiduría, la capacidad de juicio, el tener criterio). Seguramente hay circunstancias en las que no cabe, o cabe poco, la esperanza. Hay que saber o poder tener este consejo.

Amadores desdichados,
Que seguís milicia tal,
Decidme, ¿qué buena guía
Podéis de un ciego sacar?
De un pájaro ¿qué firmeza?
¿Qué esperanza de un rapaz?
¿Qué galardón de un desnudo?
De un tirano, ¿qué piedad?
Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.
(Góngora)

[Sí, sí, también debo dejar para otro momento indagar por qué el amor, tirano, nos puede llevar a esperar, un domingo por la tarde, año tras año, una llamada de teléfono que venga a llenar nuestra vida de sentido. Ay, imaginación, también tu tan tirana]

Por su parte, la confianza tampoco es un activo positivo, otra especie de posesión o “cualidad” que es diferente a una acción (que implica confianza) o a una persona (en la cual se confía). No. Creo más bien que la confianza es también una especie de predisposición (una apuesta) para llevar a cabo un tipo de acción, una condición para hacer algo con alguien, para llevar dinero a un banco, para casarse con una persona o para subirse a un avión. También la confianza implica la sofrosine, la capacidad de juicio. No todas las acciones requieren el mismo nivel de confianza, de “apuesta”. No es lo mismo subirse a un avión (claro que también depende de la compañía), que formar una familia, o emprender un negocio con un desconocido. Y como pasaba con la esperanza, no hay garantía de que el final sea feliz. Tener confianza, como el hijo de Guillermo Tell la tuvo en su padre (aunque, posiblemente, no le quedaba otra opción), no implica saber que la flecha atravesará la manzana y no la propia cabeza. La confianza decide el curso de la acción, cierra posibilidades, reduce la complejidad, pero no garantiza el buen resultado.

trust

El aforismo de Nietzsche apuntaba a que se trata de un don, un regalo (malintencionado a su juicio) de los dioses. Esperanza y confianza (con+fe) se pueden tener o no tener, tener en mayor o menor grado, se puede perder, ganar, volver a perder… y puede ser muy difícil volverla(s) a recuperar. No dependen, o no dependen del todo, de la voluntad, por eso me parece que la idea de apuesta, de predisposición (al juego) es sugerente. Y porque los buenos jugadores, SABEN… de probabilidades, de cálculo, de riesgo. Hay que apostar para ganar o porque no queda más remedio. También se puede apostar porque sí, o incluso cuando se sabe que es imposible ganar (que se llama insensatez).

Hagan juego, señoras y señores!!!

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