¿Se ha desvanecido la vergüenza? (per F. Núñez)

Recientemente, y de forma casual, transitando por la ciudad, he oído calificar de desvergonzadas dos situaciones:

En la primera, un individuo orinaba en un árbol sin disimulo. Una pareja que paseaba con un niño, que por edad podría ser su nieto, comentó: “No hay derecho, no tiene vergüenza”.

En la segunda, dos mujeres mayores calificaron de “desvergonzado” el comportamiento de un grupo de adolescentes que, en el metro, y en tono jocoso, se hacían insinuaciones eróticas y manifestaban en voz alta algunas de sus preferencias sexuales.

De estas dos situaciones, no queremos extrapolar que vivimos en una sociedad de “sinvergüenzas” o que se da un conflicto generacional entre la percepción de lo que resulta vergonzoso. Sí podemos afirmar que en ambos casos tenemos dos percepciones de lo que resulta vergonzoso: unos que creen que determinado hecho debería de ser vergonzoso y otros que realizan sin vergüenza lo que para los unos podría resultar vergonzoso.

Hay muchos motivos para pensar que la vergüenza ha jugado y juega un papel importante en la vida social como el elemento fundamental para reforzar (y hacer cumplir) las normas sociales. La mirada severa de los padres o la mirada burlesca de los amigos puede bastar para hacernos cambiar (o evitar) un determinado comportamiento.  En este sentido, el sentimiento de vergüenza es un elemento clave para el mantenimiento de la conformidad social y dentro del grupo. Se trata, sin duda, de una de las más viejas formas de exhortación moral, pero para la que hay que estar expuesto a las expectativas sociales.

En los dos casos relatados, para una de las partes no parece existir esa emoción reguladora de la norma social y, por lo tanto, ni tan siquiera se percibe que se esté transgrediendo una norma. Seguramente sea este el motivo por el que no se siente vergüenza, más que el hecho de estar “incapacitado” (si es que esto tiene sentido) para ese tipo de sentimiento. No obstante, también pude ser que se sepa que se está llevando a cabo una transgresión, incluso que se quiera hacerlo y que ello no implique ningún sentimiento embarazoso (o regulador) como puede ser la vergüenza.

Fijémonos que en el primer caso, las personas que denuncian la “falta de vergüenza” asocian al hecho la vulneración de un derecho, la comisión de una “injusticia”. Eso, orinar en la vía pública, no debe hacerse –y atenta a mis derechos como ciudadano- y, sin embargo, hay quien al transgredirlo, no parece sentirse frenado por la vergüenza (interior) o sentirla al saberse recriminado (que serían dos niveles distintos en los que la vergüenza puede actuar y llevar a cabo su papel regulador).

En el segundo caso, la actitud tal vez provocativa o no consciente de unos jóvenes que hablan de sexo en el metro y gesticulan y emiten sonidos que recuerdan determinadas situaciones eróticas, es juzgada por dos personas como “desvergonzada”. También el sentimiento de vergüenza es inexistente (o no tiene efectividad) para regular lo que es por unos considerado un comportamiento no apropiado (al menos en un espacio público). Tampoco en este caso debemos extrapolar que los jóvenes son incapaces de sentir vergüenza y que ese sentimiento no pueda tener un enorme poder regulador en su comportamiento en otros ámbitos de su vida. Seguramente se sentirían deshonrados y expuestos a la vergüenza pública si, por poner un ejemplo, en otras circunstancias, alguien pusiera en duda o se burlase de la hombría de alguno de ellos.

No nos parece que en ninguna de estas dos situaciones, y muchas otras que podríamos encontrar, se esté evidenciando la corrosión –como mínimo en determinados sectores o individuos-  de la vergüenza como sentimiento básico en el mantenimiento, como hemos dicho, de la conformidad social y como el elemento básico para reforzar las normas sociales (y también morales). No vivimos, como a veces se dice, en una sociedad de “individuos” desvergonzados o una sociedad de la “post-vergüenza”. Aunque bien es verdad, que el individuo aislado (o el individuo que se autocomprende como autónomo y se construye como ser auténtico) es menos vulnerable, en su autopercepción, a la vergüenza como sentimiento social, como deseo de no sentirse recriminado por la mirada ajena.

Sencillamente, nos encontramos ante diferentes órdenes de producción de conformidad social y de pertenencia a diferentes esferas sociales. Y también, se traslucen cambios en la manera en como el individuo construye su identidad (su self), sus formas de relación y el sentido de sus acciones.

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