Corrupción, política y desfachatez. A favor de la vergüenza en la vida pública (por F. Núñez)

El sentimiento de vergüenza ha sido, y tal vez siga siendo, un elemento central en el control y regulación del comportamiento social. La vergüenza se refleja en el rostro y atenaza nuestras acciones cuando pensamos lo que los otros pueden pensar si actuamos de una determinada manera que no es socialmente aceptable.


Es fácil percatarse como los niños y los jóvenes se niegan a ponerse determinada ropa, o a cortarse el pelo de determinada manera por temor a lo que puedan pensar sus compañeros. Una caída ridícula, un gesto indecoroso pillado de improviso pueden producirnos vergüenza al pensar en la imagen que estamos proyectando de nosotros mismos.

No nos pasa desapercibido que no todo el mundo siente vergüenza o la siente con la misma fuerza o de igual manera. Ser un desvergonzado o un sinvergüenza puede aplicarse a numerosos individuos. La vergüenza tiene un componente personal, de consciencia y autoconciencia pero también, y sobretodo, una componente social. La vergüenza es un sentimiento principalmente social.

Qué hace, pues, que un país pueda llegar a albergar tanta desfachatez entre su clase política? Me refiero a la posibilidad de aparecer en público, mostrando la cara ante millones de personas, siendo cómplice y partícipe de variadas prácticas corruptas, sin en menor asomo de vergüenza. Sin duda, por definición del sentimiento de vergüenza, se debería de trata de una total ausencia de temor y de indiferencia a lo que los demás puedan pensar de la improcedencia de nuestras acciones. Se trata, sin duda, de desfachatez, de un rostro despersonalizado (valga la contradictio in terminis  -rostro=careta=persona-) ante la incapacidad de mostrar/sentir vergüenza.

La desfachatez del político puede indicar la falta de conciencia de que sus acciones sean improcedentes y de que, por lo tanto, pueden enturbiar su imagen o lo que sus conciudadanos piensen de ellos. No se sonrojan ante tales pensamientos. También puede indicar, pues se trata de un sentimiento social, de la falta de percepción, por parte del político y también del ciudadano, de la improcedencia del comportamiento. Lo normal, lo socialmente aceptado no puede ser percibido como un acto vergonzoso. Nadie va a pensar mal de nosotros.

Las sutilezas de la desfachatez, los rostros de la desvergüenza, son muchos y variados. Mostrarse descarado ante el público, controlando o evacuando toda emoción, puede hacer pensar que no hay motivo, si no ha sido claramente público (te han pillado in fraganti), para sentir vergüenza. Soy inocente.

Si el propio grupo te apoya, y el consenso social a tu alrededor no es desfavorable a aquello por lo que se podría pensar mal, permite mostrarse sin vergüenza ante todo el auditorio. Los “míos” no me acusan de ninguna acción vergonzosa. Y me vuelven a votar. Por qué voy a sentirme un sinvergüenza si estoy convencido que cualquiera en mi lugar, de haber podido, habría hecho lo mismo. Puedo tener desfachatez porque no soy más sinvergüenza que cualquiera en mi situación. Es una cuestión de poder.  Además, el poderoso no se avergüenza de lo que puedan pensar los demás de su comportamiento porque se siente que está por encima. Los señores no se avergonzaban de mostrar sus “vergüenzas” cuando estaban entre los criados porque lo que pensase el criado de ellos no podía afear su rostro (me viene a la memoria El rey i la reina de R. J. Sender). El rostro es la imagen pública y no todos los públicos tienen el mismo valor.

Ante la desfachatez del político, el mejor antídoto es sentir vergüenza ajena. Sentir vergüenza ajena en este caso implica que no nos comportamos con indiferencia, sino con indignación. Como el sentimiento de vergüenza es doloroso, y no podemos apartarnos de la escena pública que lo provoca, debemos esforzarnos por apartar a quien nos la produce. No hay alternativa. Y así restituimos a la vergüenza su poder de regular la vida social.

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One thought on “Corrupción, política y desfachatez. A favor de la vergüenza en la vida pública (por F. Núñez)

  1. Mucha razón tienes al decir que a veces sólo nos queda “sentir vergüenza ajena” ante algunos políticos, pero sinceramente no es el mejor antídoto ante su desfachatez.

    A parte de pedir a los políticos que sean unos buenos gestores, personalmente yo les pediría honradez, eso que tanto alardeaban los románticos hace unos cuantos siglos, aunque creo que les atrae más la literatura pícara, como decía Quevedo “poderoso caballero es Don Dinero”.
    Felicidades por el blog.
    JM Cruz

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