Los ricos también lloran, pero menos amargamente (F. Núñez)

A veces, para aligerar la pobreza o hacer más soportable la injusticia social, es un clásico recordar que “los ricos también lloran”. Con esto se quiere afirmar que no sólo sienten, como todos los mortales, sino que también están sometidos a las contingencias desgraciadas de la vida y a todo tipo de sufrimientos y sentimientos penosos.

Pero, ¿es posible que ricos y pobres, por simplificar las categorías sociales, seamos iguales en lo que a las emociones se refiere? ¿Sentimos todos lo mismo? ¿Nadie puede escapar a las penas?

La respuesta correcta debería de ser: “bueno, sí, también lloran… pero menos”.
¿Estamos afirmando con esto que la riqueza te evita pesares y sufrimientos? La respuesta es obvia; pero no, no nos referimos a esto. Nos referimos a algo también muy obvio, pero que a veces se pasa por alto: las emociones –y la forma en como las experimentamos- también dependen de la educación recibida, de los contextos sociales en los que se sienten. Podríamos afirmar que las emociones son situadas.

En un artículo relativamente reciente, J. H. Turner (“The Stratification of Emotions: Some Preliminary Generalizations. Sociological Inquiry, Vol. 80, No. 2. May 2010. 168-199.) se pregunta cómo la sociología ha podido ignorar que la estratificación emocional es tan real como la desigualdad económica o de poder y que, sin duda, también tiene efectos en la dinámica social. Cuatro son, según Turner, las emociones básicas, tres negativas (rabia, miedo y tristeza) y una positiva (alegría-satisfacción), y su distribución social es desigual, como sus efectos en la estratificación.

Sin entrar ahora a discutir el valor de esta categorización, la manera en como aprendemos a reconocerlas y a sentir eso o aquello de esta o esa manera por esta o esa causa, depende, en gran medida, del aprendizaje. Expectativas y sanciones son, según Turner, las condiciones básicas para despertar y promover las emociones. La frustración y las sanciones negativas promueven las emociones negativas.  Y estos mecanismos, claro está, son sociales y están socialmente (mal) distribuidos.

Por poner un ejemplo, está claro que todo aquello que puede producir miedo, inseguridad, incerteza depende un buena medida de la manera en como nuestros padres y pares (socialización primaria) nos han enseñado a juzgar y valorar –y también a hacerle frente a- todo aquello que nos puede resultar temible, inseguro o incierto, penoso en definitiva. Ni que decir tiene que en todos los estratos sociales hay padres más o menos temerosos y capaces de transmitir unas u otras emociones. Sin embargo, tampoco hace falta argumentar mucho para aceptar que, dentro de una misma sociedad (ceteris paribus), una situación económica privilegiada y una situación social sólida favorece un sentimiento de seguridad, llamémosle, ontológica (Fromm, E. (1976): ¿Tener o ser? México, Fondo de Cultura Económica). Está claro que la manera en cómo sentimos el miedo, aquello que resulta temible, y la capacidad de reacción ante lo que nos atemoriza, más allá de la reacción en nuestro organismo, depende del medio donde todo ello se produce.

Un ejemplo más. El trato amoroso (o el odio o el desprecio) en las relaciones humanas en general no puede ser valorado del mismo modo, juzgado o supuesto, en todas las sociedades humanas, ni en todos los tiempos. Las condiciones de miseria, explotación o indefensión (jurídica o aprendida!) en las que han vivido y viven muchas personas no pueden dar lugar al mismo tipo de relaciones (y afectos) que las que se producen en las llamadas sociedades del bienestar (vease: Fernández, E. (2010), €®0$. La superproducción de los afectos. Barcelona: Anagrama. Pág. 93). Compárese una chabola con la mayoría de las viviendas que nos muestran las películas y las series americanas (recuérdese a Engels y su “Contribución al problema de la vivienda”), y el contexto en el que unas y otras están. Es difícil imaginar que  podamos hablar del mismo tipo de relaciones sociales y de sentimientos (del tipo que sean y sean lo que estos creamos que son).

Sí, es cierto, el infierno puede estar en todas partes. No en cambio el paraíso.

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