Sobre el amor

Reproduzco 5 entradas que tienen el amor como tema (y que publiqué en http://socemocio.wordpress.com/)

  • El amor es un juego solitario
  • Amor y dinero
  • Love and other Demons in the Age of the Internet
  • El amor en los tiempos de internet

[A propósito de la novela de Daniel Glattauer, Contra el viento del norte.]

  • Cada siete olas, los happy end y la imaginación

[A propósito de la segunda parte de la novela de Glattauer]

El amor es un juego solitario

El amor nos une a los seres queridos; atrae, enreda, ata.  A nadie se le escapa que los enamorados anhelan el abrazo, que una caricia alivia el dolor y que el olor del amor penetra hasta el corazón. Los amantes se pertenecen porque les gusta saberse uno del otro; “mío” ,“tuyo” son susurros frecuentes. Quien se enamora y se sabe correspondido es capaz de romper con todos los lazos que le atan a si mismo y a su pasado para lanzarse junto al otro hacia delante. El amor compartido promete la felicidad. En nombre del amor, o por amor, se rompen lealtades, cadenas y se buscan supuestos horizontes de felicidad. El amor, tanto presente como esperado, y aún más cuando se aspira a él que cuando se tiene, da sentido a la vida.

Y sin embargo, el amor es un juego solitario. Es como el ajedrez: puede jugarse en pareja, ese es el mecanismo del juego, pero consiste en pensar qué pensará el otro para responder a su movimientos, para obligarle a ellos o para sorprenderle. El objetivo del amor, a diferencia del ajedrez, no está prefijado y responde a valores culturales, a canales sociales y a gustos personales. En el amor no hay un claro objetivo y en buena parte es imaginado.

Qué sea el amor en tanto que emoción que guardamos con celo en la caja secreta del corazón, como un animalillo inquieto, es difícil saberlo. Pero nos gusta contemplar y observar sus movimientos, su afán, mientras miramos al otro, nuestro amante, que también está observando su animalillo en la caja secreta de su corazón, escondida a cualquier otra mirada que no sea la propia. Creemos que compartimos un secreto, un mismo objeto, y confesamos que eso tan preciado es lo que nos hace decir “te quiero” y nos complace saber que el otro también siente como yo y me lo confiesa como debe hacerse, “yo también te quiero”. Pero podría ser que cada uno tuviera una cosa diferente en la caja. Como diría Wittgenstein, la cosa que pueda haber dentro de la caja – y podría estar vacía- no pertenece de ninguna manera a nuestro universo de sentido y de significado (al juego del lenguaje en términos de Wittgenstein –Investigaciones filosóficas, parágrafo 293).

Cuando estamos solos, separados de nuestro amante o porque no lo tenemos, imaginamos todo lo que el amor nos puede ofrecer. ¡Y puede mucho el amor! ¿Quién duda de ello?

El amor, puede ofrecernos lo que somos capaces de pedirle y esperar de él. No todos le pedimos lo mismo, pero todos estamos sometidos a los límites de nuestros posibles, los limites de nuestro deseo, de nuestra imaginación, de nuestra realidad.
Esto es, al amor le pedimos lo que creemos que puede darnos, lo que nos han enseñado que puede o debe darnos. Qué sea aquello que significa el amor (y lo que podemos esperar de él) poco tiene que ver con lo que pueda haber dentro de la caja, la de nuestros supuestos sentimientos.

Claro, pues, que el que ama quiere estar junto al amado, besarle, tocarle, escucharle, olerle… Pero el enamoramiento y el amor, en todo su proceso, es un juego solitario en el que la imaginación ocupa el lugar de la realidad.

Soñamos el amor futuro, lo creamos a la medida de nuestras expectativas y deseos y experimentamos sus posibles resultados. Nos enamoramos de imágenes, de (re)presentaciones. Son promesas con las que esperamos dar sentido a nuestras vidas, revolucionar lo anodino que hay en ellas. Esperamos las palabras, la presencia, los besos del ser amado. Nos regocijamos en ellos aunque nunca acaben llegando. Pensamos en lo que el amor pueda darnos. ¿A qué podemos aspirar? ¿Qué amor? ¿Cuántos cuerpos podemos todavía abrazar?

Y también, como nos cuentan algunas de las personas que hemos entrevistado, recreamos con palabras, a través de imágenes i bits, las caricias que recordamos, los olores, los abrazos. Sexo virtual, amor imaginado.

Amor y dinero

En las relaciones amorosas siempre se han mezclado atracción, sentimientos e intereses, a veces lo han hecho de forma armónica, a veces de forma contrapuesta o incluso conflictiva.

Romeo y Julieta, anticipándose a los siglos venideros, plantean el conflicto entre el individuo que quiere ser fiel a sus emociones frente a los intereses y el honor de las familias. Cuántos padres -aunque los “intereses” puedan variar con el tiempo-, no desaprueban las relaciones amorosas de su hijo o de su hija porque consideran que se merece mucho más de lo que va a recibir a cambio, si a cambio solo recibe amor (o sexo); mayor es el disgusto cuando el capital que él o ella aporta a la relación es bien diferente del amor o el sexo que pueda recibir a cambio.

No obstante, el amor rompe fronteras y puede justificar millones de enlaces. Difícilmente unos padres “modernos” desaconsejarían a sus hijos no casarse por amor. Pese a que en la práctica está llena de cálculo, no parece que pueda aceptarse, moralmente hablando, casarse sólo por dinero, sólo por interés, sólo por obtener algún provecho (que no sea el amor, el cuidado mutuo, la solidaridad, la compañía, es decir, todo eso que se dice no puede comprarse con dinero cuando realmente vale y es auténtico). Además, ah!, ya se sabe, el amor nos lleva a cometer locuras. Así, bien puede juzgarse que el amor se haya convertido en la religión de los tiempos modernos (Beck, U i Beck-Gernsheim, E., 2001). Por eso, incluso quién abandona familia y trabajo por amor, porque no puede renunciar a ser fiel a sus sentimientos, encuentra la comprensión de sus amigos y allegados.

Como mínimo, dos órdenes de problemas y de temas se entrecruzan en este tipo de aparente paradoja: el maridaje del capitalismo y las emociones y las reacciones que este matrimonio suscita.

Aunque la autora de referencia para el primer tema es Eva Illouz (a quien volveremos repetidamente en este Blog porque este es uno de los temas importantes en muchos de nuestros proyectos), aquí nos referiremos al libro €®0$. La superproducción de los afectos, de Eloy Fernández, reciente premio Anagrama de ensayo, porque sintetiza bien, con mucha inteligencia (e ironía) los entresijos y las paradojas de la confluencia entre el amor, las emociones y el dinero. “Nuestra época se caracteriza por el capitalismo emocional, en el cual las formas de producción y venta pasan por la sensibilidad del consumidor, y la construyen “ [y recuerda que, como dice Illouz, el capitalismo ha llevado el sentimiento al corazón mismo de sus transacciones] (Fernández, 2010: 31). Desde su perspectiva, el capitalismo no debe juzgarse como una intrusión perniciosa en la “economía” de las emociones, o en la lógica del amor, al contrario, pues al incorporar el capitalismo el amor en su agenda, no ha hecho más que suscitarlo. No lo corrompe o lo banaliza, sino que lo produce y estimula (Fernández, 2010: 40).

Esta apreciación no es compartida por una buena parte de las teorías que discurren sobre las relaciones entre amor (emociones y vida íntima) y dinero (racionalidad económica). Para quien quiera analizar este segundo orden de temas, nos remitimos al libro que ya hemos presentado de Viviana Zelizer, La negociación de la intimidad.
La pregunta que está en el aire es si el uso del dinero representa una forma de degradación de las relaciones íntimas, a la vez que la intimidad interpersonal torna ineficiente la actividad económica. La penetración de un mercado en permanente expansión ¿amenaza la vida social íntima?

A este inquietante interrogante, que pudiera sumir en dudas a algún padre o madre reflexivo, ha recibido, como explica Zelizer, tres tipos de respuesta (Zelizer, 2010)

Una: Las que afirman que sí son esferas separadas y mundos hostiles y se produce una inevitable contaminación y desorden cuando se ponen en contacto el uno con el otro, es decir, los sentimientos y solidaridad con cálculo y la eficiencia. La intimidad solo será posible si se ponen barreras afectivas a su alrededor; la racionalidad en la esfera privada destruye la solidaridad. Pero también hay que prevenir que la intimidad no contamine la racionalidad del comportamiento económico puesto que los sentimientos en la esfera económica generan favoritismos e ineficiencia.

Dos: Un segundo grupo responde “nada-más-que”, es decir, lejos de constituir un encuentro entre dos principios contradictorios, la mezcla de actividades económicas y de intimidad, no es nada-más-que otra versión de una actividad normal del mercado (no hay nada-más-que racionalidad económica), nada-más-que una forma de expresión cultural (no hay nada-más-que cultura), nada-mas-que una forma de ejercicio del poder (no hay nada-más-que política).

Tres: Las dos opciones anteriores son erróneas. Las personas que mezclan intimidad y actividades económicas están activamente comprometidas en la creación y negociación de “vidas conectadas”. Esta es la respuesta de Zelizer y lo que su libro trata de mostrar. Las personas se las ingenian para integrar las transferencias monetarias en redes más vastas de obligaciones recíprocas sin destruir los lazos sociales involucrados. El dinero cohabita regularmente con la intimidad, e incluso la sustenta. No obstante, conviene matizar, las reglas de las transacciones económicas del mercado no son las mismas que las de las actividades económicas en las zonas de la intimidad (pero este es un tema que aquí no vamos a tratar).

Ocurre que esta imbricación entre la esfera íntima y la económica, entre el amor y el dinero, tiene mala prensa. Y es que en este debate, dice Fernández Porta, hay una cuestión que al humanismo le ha costado tragar: que el “economicismo utilitarista norteamericano, en su intento de obtener el máximo beneficio en el menor espació de tiempo posible, con su manifiesto desinterés por toda consideración moral, con su notorio desdén por la tradición, por el valor intrínseco del sujeto, por la dignidad –por la verdad, en suma-, en ese movimiento irreflexivo hacia la acumulación de capital, ha desarrollado modos y estrategias para forrarse que, contra toda previsión, y sin un ápice de buena voluntad por parte de sus agentes, que carecen por completo de escrúpulos, han acabado generando, como efecto secundario y acaso indeseado de la voluntad de poder, formas de individualismo, subjetividad, reconocimiento y afecto que el humanismo nunca había imaginado y jamás logrará construir por sí solo.” (Fernández, 2010: 109)

Por más que este sea un hecho irrefutable (una condición sustancial de las relaciones humanas) también parece que a Eloy Fernández le incomode, o le ponga en guardia, que la lógica del mercado pueda campar a sus anchas en las relaciones humanas, pues recomienda para sobreponerse a ella una acción activa por nuestra parte, “generar y articular de manera metamediática un espacio relacional que, de otro modo, quedaría por entero en manos del gran sistema de producción (Fernández, 2010:132-3).

Sea como sea, hay que reconocer la capacidad de los individuos de negociar constantemente, como señala Zelizer, el contenido exacto de los lazos sociales importantes. Sabemos dotar de sentido a nuestras acciones aunque, juzgadas des de diferentes puntos de vista, parezcan incoherentes. Como sociólogos, sabemos que aplicamos la razón instrumental a nuestras relaciones (Cupido, auque se lo representa con los ojos tapados, suele acertar con sus saetas), pero en el amor o en la amistad actuamos como si nos dejásemos llevar por el corazón. E. Fernández se pregunta: “Nos engañamos? No, simplemente resulta que para actuar de manera práctica y utilitarista es preciso razonar de manera idealista”. Sin duda, la respuesta debe seguir investigándose.

Referencias bibliográficas:
Beck, U y Beck-Gernsheim, E. (2001) [1990] El normal caos del amor. Las nuevas formas de la relación amorosa. Barcelona: Paidós.
Fernández Porta, Eloy (2010), €®0$. La superproducción de los afectos. Barcelona: Anagrama.
Zelizer, V. (2009). La negociación de la intimidad. Buenos Aires: FCE.

Love and other Demons in the Age of the Internet

On Thursday 26 May, we have started a cycle of conferences with the title: “Taming digital technologies” in the Centre of Contemporary Culture of Valencia (Center October) (http://www.octubre.cat/activ_cat.php?id_categoria=3).

The first presentation, ” Love and other demons in the Age of the Internet”, by Francisco Nunez, focused on some of the changes experienced by people in love during the last decades.

The image of platonic Eros, as a being that intermediates between the sensitive and the intellectual world allows us to focus on the theme of love from a sociological perspevtive, emotions in love relationships are neither just sensitve, nor intellectual but a mix. They are social emotions: Emotions are a set of mechanisms of perceptions, interpretation processes and physiological responses to certain stimuli. This means, following the ideas of E. Illouz on the topic, that emotions occupy a borderland between body and culture, they mediate within a place where body, cognition and culture are mixed.

The triangular theory of love by R. Sternberg, which describe the diversity of feelings of love as a combination of intimacy, passion and commitment, helped to us to focus especially on the transformations within these three spheres: transformations of intimacy, transformation of passion and transformation in commitment.

Following the paths of M Foessel’s book La privation de l’intim (Seuil, 2008), we explained how the inclusion of intimacy in the sphere of privacy opened the door to an increasing rationalisation and calculability of and within intimate relationships, especially in loving relationships. By rationalisation and calcuability we mean the ability to exchange, sell, buy and decide using a rational cost-benefit analysis. Furthermore, the processes and interactions of the two people in love became increasingly regulated by love contracts created by the two people in love.

The imprisonment of intimacy in the sphere of privacy, is perfectly consistent with the changes in our thinking about passion (as Eva Illouz shows us in her researches): We confuse passion with interest (economic interest), we associate passion with the pursuit of equality and personal satisfaction. The reason might be found within the new contexts we web our love relationships in: The power of control we experience (especially when people are looking for love in the Internet) satisfies us and we get the impression that we are transported from an experience of “blindness and infinity” to a circumstantially passionate and desirable love by the means of our power to control.

This idea is close to the concept of confluent love and pure relationship by Anthony Giddens. From Giddens’ perspective, love is a social relationship that individuals establish with each other and that will work as long as both parties feel sufficiently satisfied.

Moreover, Holschild, in an article published in 1995 (“The sociology of emotion as a way of feeling”) highlights the tension between the desire for the unconditional, on the one hand, and the uncertainty of the link, on the other. The result is that people in love start to follow the strategy of capitalist capital.(mobile and changing) to manage all their emotions. In this way they limit their emotional ties and adapt them to the culture of capitalism. The result is then a similar kind of emotions within capitalist culture. As Holschild remind us, “In managing feeling, we partly create it”.

El amor en los tiempos de Internet.

En mayo de este año salió traducida al castellano (Ed. Alfaguara) y al catalán (Ed. La Campana) la novela de Daniel Glattauer, Contra el viento del norte. En ambas lenguas-y en el original alemán-ha sido un éxito de ventas. Se trata de una historia de amor, turbulenta y apasionada, como no podría ser de otra manera, que tiene lugar toda ella a través de una relación de correo electrónico. Y es que “el amor es un juego solitario”, como dice el título de una novela de Esther Tusquets.

La historia, más allá de sus excelencias narrativas y argumentales, nos dice mucho de las relaciones afectivas mediadas por ordenador y del poder del amor en una de sus modalidades más puras, el amor electrónico.

Forma parte de la esencia del amor romántico el hecho de que la imaginación juegue un papel fundamental, como también es fundamental en las relaciones amorosas a través de Internet el papel de la imaginación. Desarrollamos brevemente estas dos premisas.

No es nada casual que la protagonista de la novela de Glattauer se llame Emmi (Emma Rothner), como la desgraciada protagonista de Madame Bovary, y el protagonista Leo (Leo Leike), como uno de los amantes-y amores imposibles-de Emma Bovary, León Dupuis. Ambas “Emma” tienen un marido irreprochable por el que se saben queridas con determinación y de alguna manera le corresponden. Seguro que Emmi, más calculadora que Emma, que por algo vive en los tiempos del amor en Internet, sabe que difícilmente encontrará un amor más confortable y seguro. Sin embargo, ambas, en algún momento, se dejan ganar por las “fantasías de amor” haciendo volar la imaginación: “Por fin iba a poseer esos goces del amor, esa fiebre de la felicidad que había desesperado de encontrar. Entraba en algo maravilloso donde todo sería pasión, éxtasi, delirio; una inmensidad azulada la rodeaba, las cimas del sentimiento centelleaban bajo su pensamiento, la existencia ordinaria no aparecía sino a lo lejos, muy allá, en la sombra, entre los intervalos de aquellas alturas” (G. Flaubert). Como en las fantasiosas lecturas románticas de Emma, a Emmi, la protagonista solitaria de Contra el viento del norte, la espera imaginativa del siguiente email puede satisfacer su deseo y darle todo lo que sea capaz de imaginar de la persona con quien ha establecido una relación y todo lo que sea capaz de imaginar (y disfrutar) que esta relación le pueda dar. Emmi es aún mucho más experta que Mdme Bovary en el uso y control de la imaginación para despertar emociones, verdaderas emociones. No cabe duda que el amor, como queda sacralizado en la gran novela de Gustave Flaubert, es un juego solitario, en el que la imaginación de los amantes tiene un papel preponderante.

Pero además, la imaginación, como hemos dicho, centra la relación electrónica. En algún comentario leído en la red sobre la novela se decía que los protagonistas “establecen una relación que va más allá de las palabras y el teclado, no se ven ni se tocan pero se sienten” (y el autor se interrogaba sobre si estos sentimientos podrían resistir un encuentro físico, si la magia desaparecería) (http://lespolsadallibres.blogspot.com/2010/06/contra-el-vent-del-nord.html)
. Justamente, una de las “magias” del ciberespacio es que, junto con la capacidad evocativa de la imaginación, la interactividad le confiere una realidad psicológica y social que otras formas de comunicación no tienen (Ben-Ze’ev, 2004). De hecho, las características principales que hacen del ciberespacio un lugar ideal para la seducción romántica son el poder de la imaginación (en el sentido que hemos indicado), la interactividad, la disponibilidad y el anonimato. Las cuatro características están, hay que reconocer, muy bien retratadas en la novela de Daniel Glattauer. El autor sabe perfectamente cuál es el poder de seducción del espacio electrónico.

En el resumen del argumento que antes aludíamos, se preguntaba si los sentimientos evocados a través de los correos electrónicos podrán resistir un encuentro físico o desaparecerá la magia. Las emociones vividas on line, o mejor, suscitadas por esta relación, son emociones reales y por tanto sometidas a los mismos riesgos de la decepción. Sin embargo, son emociones “depuradas” (libres de los olores del cuerpo, de la mezcla de flujos y sin timbres de voz), en buena medida estereotipadas, reproducibles una y otra vez mientras son agradables (como los correos electrónicos). Son emociones, como dice E. Illouz, congeladas. No sabemos hasta qué punto capaces de resistir sin deformarse o sin perder “sabor” las cálidas turbulencias de las relaciones amorosas.

Referencias

Ben-Ze’ev, A. (2004). Love online. Emotions on the Internet. Cambridge University Press.
Flaubert, G. (1981). Madame Bovary. Madrid: Alianza.
Glattauer, D. (2010). Contra el vent del nord. Barcelona: La Campana
Illouz, E. (2007). Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo Buenos Aires: Katz.

“Cada siete olas”, los happy end y la imaginación.

No es un juicio equivocado pensar que la mayoría de las historias de amor no tienen un final feliz. Todavía tienen menos probabilidad de terminar bien las historias de amor que comienzan con una relación virtual, por aquello de la dificultad de adecuar la realidad a las expectativas. En este tema, sin embargo, la realidad desmiente a la ficción. Muchas de las películas de Hollywood, aunque no sean específicamente historias de amor, nos tienen acostumbrados a un final feliz en el que el amor tiene un papel destacado. También es este el caso de muchas novelas, aunque en la novela está más extendido un final que, a menudo, puede ser superado por la triste realidad.

La continuación del libro de Daniel Glattauer Contra el viento del norte (que hemos comentado en este blog), y que se titula Cada siete olas, nos depara un final de película. La segunda parte de esta historia de amor es, a nuestro entender, demasiado previsible, y se ajusta excesivamente bien a las expectativas y deseos de la educación sentimental que muchos de nosotros hemos recibido. La experiencia empírica nos dice que el amor tiene un diagnóstico difícil, que las historias de amor, cuando se acaban, y son muchas las que suelen acabar, no son fácilmente catalogables entre los “finales felices”. Sin embargo, los finales felices nos satisfacen mucho más. La novela de Glattauer sí tiene un final feliz. Los protagonistas misteriosos, pese a las dificultades, llegan a conocerse, se gustan y se desean. Son relativamente jóvenes y bellos y pueden tener la oportunidad de un nuevo inicio para sus insatisfactorias vidas. Sí, cuando se acaba de leer la novela, como tantas veces al final de una película, lo haces con la satisfacción y el bienestar de un happy end, de una historia de amor que también podrías haber deseado para ti.

Sin entrar a juzgar el valor catártico de la retórica cinematográfica, o la rápida simpatía hacia los enamorados y la fácil identificación con los protagonistas de las historias de amor, nos preguntamos de dónde nos viene la inclinación hacia el final feliz.

No queremos agotar las muchas explicaciones posibles y sólo queremos apuntar al rol central de la imaginación en la capacitación del individuo moderno para suscitar emociones que le pueden resultar muy satisfactorias y arrancarlo de la anodina cotidianidad; este puede ser uno de los motivos de nuestro gusto por los happy end (y por las historias de amor, claro).

La capacidad que las narraciones tienen para suscitar la imaginación, y la capacidad de la imaginación para asociarse a una historia o incluso a un mero objeto, nos permite evocar y (re) vivir toda la carga emocional de determinadas situaciones en las que, sin estar, podemos experimentar cuál sería su sentido y su valor para nosotros. Se trata de un efecto parecido al de los sueños, no sólo una realización de los deseos (como diría Freud), sino un vivir situaciones que nos permiten sentir las emociones que nos producen como si fueran reales. Hollywood es sólo una de las fábricas (para el consumo) de sueños.

Desmintiendo Calderon de la Barca, no es que la vida sea un sueño, sino que los sueños nos permiten disfrutar -o sufrir- de emociones tan reales como las de la vida … Y los sueños vida son.

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